Villa Savoye, Poissy, 1931.



No solo es la obra más famosa de Le Corbusier, también es considerado el auténtico icono de la arquitectura del siglo XX. De 1929 nadie podria decir al verla que lleva construida 85 años. La concepción de esta casa implicaba un género de clientes muy especiales. El señor y la señora Savoye tenían algunos contactos indirectos con el mundo en que se movía Le Corbusier. El matrimonio deseaba una casa de fin de semana con zona para el servicio y todo lo necesario para disfrutar del ambiente natural; en lo que concernía al estilo arquitectónico, no tenían idea preconcebida sobre lo moderno o lo antiguo, luego coincidían completamente con el arquitecto.

Ubicada en un amplio terreno arbolado en el valle del Sena, se convierte en la mejor expresión del uso de los “cinco puntos para una nueva arquitectura” pues el volumen edificado se levanta del suelo mediante pilotis cilíndricos; su estructura, independizada de los cerramientos, permite diseñar la fachada de manera libre, dominando cada paño una ventana longitudinal, que corre a todo lo largo de su dimensión; el desarrollo de la planta libre acaba en una terraza jardín, coronada por un solárium protegido del sol por formas curvas de gran plasticidad.

Le Corbusier catalogó la casa de “objeto-tipo”, consideró la villa como la vivienda estandarizada perfecta para personas de élite. Tanto es así que propuso construir en Buenos Aires, en un barrio, una agrupación de veinte Villa Savoye, todas con su respectivo acceso de vehículos de trazado curvo.

Le Corbusier describió el contexto es su libro “Precisiones” (1929): “El lugar: una extensión de césped abombada como una cúpula rebajada. La casa es una caja en el aire, en medio de unos prados que dominan un vergel. Los habitantes, venidos aquí debido a que esta campiña agreste era hermosa por su vida de campo, la contemplarán, conservada intacta, desde lo alto de su jardín suspendido o de los cuatro lados de sus ventanas corridas. Su vida doméstica se verá sumida en un sueño virgiliano”.

La idea de “paseo arquitectónico” está presente en todo el proyecto. Para Le Corbusier, dicho paseo debía dar comienzo en cuanto el chofer arrancara el coche y dejara el garaje en París para consumir la hora de viaje que tenía por delante hasta Poissy. Bastaba seguir la alineación marcada por los pilotis, por las superficies verdes y por los montantes verticales de debajo de la casa, y el chofer conduciría el vehículo en torno a la envoltura de vidrio proyectada de acuerdo al radio de giro de éste para dejar a los pasajeros delante de la puerta principal de entrada.

El acceso para automóviles no puede resultar más directo; estos aparcan entre los pilotis, debajo de la casa, y la curva de su trayectoria proporciona la forma semi-redonda de la pared de vidrio de la entrada. Al fondo del vestíbulo de acceso, una vez dentro de la casa, se ve un lavabo que sugiere las ideas de salud e higiene asociadas a la nueva arquitectura.

Las dependencias del servicio doméstico y el garaje están encajadas detrás de este acceso. Una vez superada la pared acristalada de la entrada, se ofrecen dos accesos a los visitantes; una escalera y una rampa. Para Le Corbusier, la escalera “separa” mientras que la rampa “une”. Extiende desde la entrada, desde el exterior (con la observación de la casa desde fuera) un “promenade architecturale” (paseo arquitectónico) pasando por el interior de la casa y que culmina en la terraza solárium situada en la cubierta.

Por tanto, en toda la casa vibra el contrapunto de dos medios de subida dispares: la escalera para el servicio y la rampa para los propietarios. El recorrido preferido por Le Corbusier era la rampa porque facilitaba una comunicación continua de los pisos a través del espacio-tiempo que la escalera no puede brindar. Situada en el interior de un prisma cuadrado la vivienda se distribuye a los largo de una planta en L, que separa la parte pública de los dormitorios. La sala de estar puede considerarse como la parte cubierta de un amplio espacio de recepción, del que las dos terceras partes constituyen un patio abierto al paisaje mediante una ventana rasgada. Unos pasillos comunican los tres dormitorios y separan el cuarto de baño principal (con iluminación cenital).

Cuando se accede a la primera planta, la sensación inicial de hallarse ante una casa que parece un cubo gravitando encima del suelo es sustituida por una composición de planos de color más fragmentada. La rampa es un elemento unificador del espacio en sentido vertical, sin embargo también secciona el volumen, oscila de dentro a fuera, del centro de la casa al extremo de la terraza, conservando un estado de tensión. Los muros acristalados, las franjas de ventanas que envuelven el interior y la terraza, así como la cubierta que se prolonga borran la diferencia entre exterior e interior. La rampa culmina delante de la vista natural que se divisa desde la terraza que se convierte en final del “paseo arquitectónico” con una pequeña mesa en la que una ventana enmarca el paisaje natural a modo de cuadro. 

La Villa Savoye ha tenido una gloriosa carrera en los libros de historia pero ha sufrido penosos avatares en la realidad. Los clientes iníciales solo usaron el edificio unas cuantas veces en los años 30. Durante la guerra fue utilizada por los nazis como almacén de heno, y en los años 50 estuvo en estado ruinoso. En la actualidad se ha convertido en un monumento nacional en el que no vive nadie y que es utilizado para dar “lecciones” sobre la obra de Le Corbusier.
FUENTE: Lorenzo Tomas Gabarron